Paseando -AleksandBright-

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Paseando -AleksandBright-

Mensaje por Jane Everett el Vie Ago 24, 2012 2:16 pm

Tic. Tac. Tic. Tac.

Mis ojos, con un gesto lánguido, seguían la oscilación del péndulo del reloj, como si la cadencia de este aparato me resultara hipnótica. Veía como aquel armatoste de metal viraba hacia un lado y hacia otro, con un ritmo perfecto, como el tempo de una sonata. Cada segundo producía aquel movimiento, con precisión milimétrica, mientras que yo, tumbada sobre un diván, lo seguía hastiada. Mi cabeza daba vueltas, como si se me hubieran metido dentro los huracanes que azotaban el no muy lejano Mar Caribe cuando el tiempo atmosférico parecía enloquecerse. ¿El motivo? Aquel dichoso péndulo.

Había escuchado a varios humanos hacer charlas filosóficas tomando como modelo a aquellos aparatos. Decían que cada movimiento de la aguja del reloj los acercaba de forma inevitable al negro abismo que suponía para ellos el final de sus cortas vidas. Yo nunca tuve que preocuparme de esos menesteres; el movimiento del reloj no me encaminaba hacia nada en absoluto; mi existencia era como intentar encontrar el final del planeta. Era imposible.

Suspirando, me incorporé de mi improvisado lecho, viendo como los naranjas y ocres del crepúsculo iban invadiendo el pueblo casi con pereza, como si alguien que habitase en el cielo echase un manto dorado sobre la ciudad, que en esos momentos brillaba como si fuera una gema en cuyas facetas y aristas reluciera una luz excesivamente fuerte. Era una imagen que desprendía poesía por cada faceta, por cada milímetro que mis ojos captasen. Me parecía el punto álgido de la partitura que suponía el día, que llegaba a un encantador crescendo para luego finalizar en los negros de la noche.

No quería perderme aquellos escasos minutos de aquella luz tan encantadora, aquel preludio de la oscuridad que yo tanto amaba. Por eso, casi sin pensar, me lancé a las calles, fundiéndome con el gentío que regresaba a sus respectivas viviendas, tras la dura jornada laboral. Irónico me parecía el hecho de que para ellos el día estuviera muriendo, mientras que para mí la jornada prácticamente acababa de empezar. Puede que en unas horas, la noche en mystic fall hiciera que el pueblo no durmiera por completo, pero aún así para aquellos seres de cortas existencias, no debía de ser lo mismo.

Mis pasos me condujeron al bosque. Nunca me había parado en exceso en aquel bosque; no lo consideraba en demasía. Pero había algo en la sombra de las copas de su árboles que me invitaba a entrar, a perderme entre sus frondosas avenidas y glorietas.

No supe cuánto tiempo caminé; pues al darme cuenta, los últimos rayos de sol declinaban tras los altos rascacielos. Con un gesto desganado, tomé asiento en un trozo de césped sito bajo las elegantes ramas de un sauce llorón, donde una vez acomodada, dejé la mente en blanco, disfrutando de la soledad.
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Jane Everett

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